Celebrar Navidad

Nos acercamos ya a las fiestas de Navidad. No cabe duda de que es una gracia el que podamos celebrar una vez más la Navidad. ¿Qué elementos importantes podríamos subrayar este año? Yo me limito a unas breves reflexiones, que después podréis  prolongar personalmente.

La fiesta de Navidad tiene en nuestra sociedad una resonancia especial:  la televisión tendrá sus programas especiales, habrá folklore de vestidos, hay vacaciones para los colegios… Nosotros todos los años intentamos cristianizar esta fiesta, vivir desde una experiencia evangélica, una Navidad centrada en el misterio de Cristo. Nuestra sociedad admite fácilmente el hecho histórico del nacimiento de Jesús en Belén. Pero lo que falta, me parece, es llegar a captar la dimensión evangélica de este  hecho, superar este historicismo. Nosotros intentamos que este hecho tenga una resonancia en nuestras vidas. Queremos que en la Navidad de este año podamos descubrir un poco más la dimensión evangélica del hecho del nacimiento de Jesús en Belén. Os propongo un camino para ello: Celebrar la Eucaristía de esta fiesta insistiendo en los evangelios que el misal nos pone para la fiesta, poniendo atención en la riqueza de estos evangelios. Brevemente voy a intentar exponer este punto. Tenemos en el misal cuatro evangelios para celebrar Navidad. No solemos utilizar todos, pero están en el misal: Misa de la vigilia, Misa de media noche, Misa de la aurora y Misa del día.

  1. La Misa vespertina, de la vigilia. Tenemos el Evangelio de las genealogías de S. Mateo (1,1-17). Es la cadena de las personas, que remonta hasta Abrahán, donde empieza la historia del pueblo de Israel. En esta narración árida  S. Mateo nos quiere recordar la fidelidad de Dios. Dios no se ha cansado de realizar las promesas hechas a Abrahán. Ahora toda la historia ha culminado en Jesús. Aquí tenemos un aspecto importante de la Navidad. La primera venida de Jesús es fruto de la fidelidad de Dios, esta fidelidad que ha ido encarnándose en muchas generaciones. Navidad, el nacimiento de Jesús en Belén es la manifestación de la fidelidad de Dios en la humanidad. Este primer evangelio nos pone mirando a Dios.
  2. La Misa de media noche (Lc 2,1-14). Es el anuncio del ángel a los pastores: “No temáis; os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Estos dos títulos, Salvador y Señor, resumen  el significado de este nacimiento.
  • Salvador. Anunciado en el A.T y esperado por todos los hombres. Cuando S. Lucas escribía esto, había gente que afirmaba que la salvación vendría del Emperador de Roma, y S. Lucas nos dice que lo que esperaban del Emperador romano nos viene de ese niño que ha nacido en Belén, en la pobreza: “Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. El Salvador.
  • El Señor. Es el título glorioso de Cristo resucitado. Es el arte del Evangelista S. Lucas de mirar al niño de Belén con ojos cristianos. Es el arte de proyectar sobre la cuna de Belén la luz de la resurrección gloriosa. Es la paradoja de su pobreza y de su gloria. Si el Evangelio de las genealogías nos daba la fidelidad de Dios, esta fidelidad de Dios se nos ha revelado, se nos ha comunicado en Cristo pobre y glorioso.
  1. La Misa de la aurora. Es el Evangelio de los pastores que van a Belén (Lc 2,15-20). Este evangelio nos recuerda que la fidelidad de Dios manifestada en Cristo, está destinada a los pobres. Se manifiesta  a los pastores, a los hombres que en aquel tiempo estaban abandonados y no tenía ningún prestigio. El amor de Dios manifestado en Cristo es gratuito. No mira les méritos de cada uno sino las necesidades de cada uno “Y los pastores se volvieron dando gloria a Dios por lo que habían visto y oído”.
  2. La Misa del día. Tenemos el Prólogo del Evangelio de S. Juan (1,1-18). El niño nacido en Belén  aparece existiendo desde siempre en Dios, con la divinidad del Padre : “En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”. Es la luz que se proyecta sobre el hecho histórico del nacimiento en Belén. La Palabra, el niño de Belén  era Dios. Es algo extraordinario. No nos impresiona, estamos acostumbrados.

El método es sencillo: proyectar la luz del Evangelio sobre el niño nacido en Belén. Yo he mirado los cuatro Evangelios de la fiesta. Otro podría mirar las otras lecturas. Tenemos una gran riqueza para cristianizar el hecho histórico del nacimiento de Jesús en Belén. Es la culminación de la fidelidad de Dios en la historia, que anticipa ya la resurrección de Cristo, con un privilegio especial para los pobres, y finalmente es el Dios que ha tomado la naturaleza humana en toda su plenitud.

En la celebración de Navidad hay una palabra que se repite, y que tiene importancia. Es la palabra HOY. “Hoy brilla una luz sobre nosotros”. “Hoy en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Quiere decir que el misterio de salvación que ha traído Cristo, se actualiza este año, y no es sólo algo que ocurrió hace dos mil años.

 

Conclusión. Hemos recorrido el camino de los Evangelios de Navidad.  ¿Podríamos sacar alguna conclusión? Brevemente.

  1. Hemos visto en la genealogía de S. Mateo cuantas personas han intervenido para que el Salvador llegara a nosotros. ¿Existe alguna genealogía monástica? Empezando en S. Benito y continuando durante muchos siglos, ha habido una cadena de monjes y monjas que nos han precedido, y han preparado mi vida monástica. Es motivo de agradecimiento. ¿Y qué hacer para que nuestra genealogía continúe? Lo mejor que podemos hacer en este momento, a mi parecer, es vivir con agradecimiento nuestra vida,  vivirla identificándonos con Cristo muerto y resucitado, mirando hacia adelante y dejando a Dios que actúe como Él quiera. Tenemos que recordar que la vocación no es nunca un proceso acabado, completo. Lo vamos haciendo. Es interesante en este punto recordar los sentimientos de S. Pablo acerca de su vocación recibida de Cristo: “No es que sea perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo alcanzado por Cristo” (Flp 3,12).
  2. Hemos visto que S. Lucas llama al niño de Belén Señor, es decir, Cristo resucitado. Es una mirada profunda desde la experiencia de S. Lucas. Esto debe ayudarnos también a nosotros para recordar que nuestra fe se basa en la resurrección de Cristo, que hemos participado ya en el bautismo, y al participar en la resurrección de Cristo, hemos dado ya comienzo a la vida eterna. El hombre del siglo XXI no mira a la vida eterna. Su preocupación consiste, con preferencia, en las cosas de este mundo. Nosotros debemos dar testimonio de que hemos escogido una vida que camina hacia la eternidad. S. Benito nos lo recuerda en uno de los instrumentos de las buenas obras: “Desear la vida eterna con todo el ardor del espíritu” (RB 4,46). La resurrección es ya el comienzo de la vida eterna, de la salvación plena.
  3. Los pobres han sido los privilegiados en Belén. Los pobres. Esto nos debe animar. Nuestra vida la vivimos de una forma sin grandes ostentaciones, de una forma oscura y silenciosa. Nuestra vida no es como la de las congregaciones que tienen misiones. Nuestra evangelización es desde el silencio, desde el anonimato, desde la propia entrega, participando en la pobreza de Jesús.
  4. S. Juan Evangelista ha visto en el niño de Belén al Dios que existe desde siempre. S. Benito nos pone como finalidad del monje la búsqueda de Dios. Nuestra vida podría ser  un signo de que Dios está cerca de la humanidad, y que hay que buscarle. La celebración de Navidad puede ser importante en esta búsqueda, intentando evangelizarla.

 

Agustín Apaolaza o.s.b.

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