Cuaresma de conversión ante la misericordia de Dios

         La cuaresma nos invita a los cristianos a revitalizar nuestros valores cristianos. Tenemos el peligro de la rutina y del olvido. Uno de los valores importantes de esta revitalización es la escucha de la Palabra de Dios. En cada etapa de nuestro camino debemos volvernos a la Palabra de Dios.

Después del Concilio del Vat. II tenemos en las lecturas de la Misa una gran riqueza que nos ayuda a vivir con fe la Eucaristía, y nos ayuda también a  vivir con fe la Cuaresma. Yo me limito aquí a los Evangelios del Ciclo C. Tenemos que unir lo que celebramos con lo que vivimos. Cada domingo de la Cuaresma la elección de los textos evangélicos está hecha para subrayar un tema que nos orienta en la celebración de la Cuaresma.

  • En el Ciclo A tenemos la Cuaresma bautismal
  • En el Ciclo B, la Cuaresma centrada en el descubrimiento de Cristo
  • En el Ciclo C, una Cuaresma penitencial, de conversión. S. Lucas es el Evangelista de la misericordia de Dios, y los evangelios de estos domingos nos invitan a la conversión y a aceptar el perdón de Dios. Recorreré brevemente los Evangelios de estos domingos para ver cómo nos presentan el tema de la conversión.

 

  1. El primer domingo (Lc 4,1-13). En los tres Ciclos, en el primer domingo de Cuaresma se lee el episodio de las tentaciones de Jesús. Es la victoria de Jesús sobre el diablo. Hay  que relacionar este episodio con la narración del bautismo de Jesús. (Lc 3,21-22).  Allí Dios Padre indicó a Jesús para su vida el camino a seguir, un camino de servicio (Lc 3,22b), el programa del siervo de Javé (Is 42,1). Pero el diablo le dice  que escoja un camino más fácil, un camino de gloria y de poder. Jesús rechaza la invitación del diablo y escoge la voluntad del Padre, el camino de la obediencia al Padre. Jesús se complace en realizar la voluntad de su Padre. Jesús no utiliza su filiación divina como un privilegio (Flp 2, 6-8). Es la victoria de Jesús sobre el deseo de poder, sobre el orgullo y sobre el deseo de dominar. Allí donde el pueblo de Dios falló (Ex 16; 17,1-7), Jesús ha cumplido la voluntad del Padre.

     Con esta victoria de Jesús ha comenzado ya para la humanidad una nueva era. A lo largo de toda su vida, Jesús actuará echando demonios, haciendo milagros, luchando contra el mal y el pecado. Pero no hay que olvidar que su victoria ha comenzado ya en el desierto en la lucha contra el diablo.

     Lucas en esta narración tiene algunas diferencias con los otros sinópticos. Son diferencias que indican el significado de la victoria de Jesús contra el diablo. Por ejemplo, Jesús aparece “lleno del Espíritu Santo” (4,1). Es el Espíritu que ha recibido en el bautismo. Lucas insiste más que Mateo y Marcos en la presencia y acción del Espíritu, relacionando todo con el bautismo. Además, Lucas pone en el tercer lugar la tentación que tuvo lugar en Jerusalén (4,9-12). Lucas da mucha importancia a la ciudad de Jerusalén. Allí empieza la manifestación de la Buena Noticia del Evangelio , y de allí se extenderá a todo el mundo ( Lc 24,47; Hch 1,8). Y en Jerusalén conseguirá Jesús la victoria definitiva contra el diablo en su Pasión y muerte (4,13;22,3.53; Jn 12,31). Lucas nos pone ya mirando a la cruz.

     Lucas pone inmediatamente antes de la narración de las tentaciones la genealogía de Jesús, terminando con Adán (3,23-37). Parece que quiere indicar la victoria de Jesús allí donde Adán pecó por desobediencia. (Gn 3).

     La Cuaresma es el tiempo en que debemos renovar nuestro camino hacia el Padre, aceptando y realizando su voluntad. También nosotros hemos recibido en el bautismo la condición de hijos de Dios. Pero para poder vivir esta conversión al Padre en el terreno de los deseos, del poder humano, el orgullo y el dominio,  necesitamos participar en la victoria de Cristo. La Cuaresma y la Eucaristía son los momentos privilegiados en que Jesús nos ofrece su victoria. Tenemos que sentirnos en comunión gozosa con Cristo para realizar juntos la voluntad del Padre. Esto supone una conversión de nuestra parte.

 

  1. Segundo domingo. (Lc 9, 28b-36).Todos los años, en el segundo domingo de Cuaresma, leemos el episodio de la transfiguración de Jesús. Es necesario leerlo en su contexto. Lucas lo coloco a continuación del primer anuncio de su Pasión a los apóstoles. (9,22-27). Los apóstoles habían hecho un esfuerzo para conocer a Jesús, pero no entendieron el anuncio de su Pasión y muerte. La reacción de Pedro es significativa (Mc 8,31-33; Mt 16,21-22).Han tenido mucha dificultad los apóstoles para asimilar el anuncio de la Pasión de Jesús.

     Lucas tiene en esta narración elementos propios, por ejemplo, el acontecimiento ha tenido lugar durante la oración (9,28-29). La reacción de intimidad que tiene Jesús en la oración con el Padre, se manifiesta en sus vestidos y en su rostro (9,29). Lucas no utiliza la palabra “transfiguración” , sino “gloria de Jesús” (9,32). Es evidente que con esta expresión de “gloria” Lucas quiere indicar el triunfo de la Resurrección de Jesús (Lc 21,27;24,26; Hch 3,13). Ya desde la Cuaresma  la luz de la Resurrección debe iluminar  el camino de los seguidores de Jesús Es necesario volver la mirada y el corazón a la gloria de la Resurrección de Cristo para seguirle, para renunciar a uno mismo, y cargar con la cruz (9, 23), para saber perder la vida por Jesús (9,24), para no avergonzarse del mensaje de Jesús (9,26). Este domingo debemos recodar que el Evangelio y la celebración de la Eucaristía nos invitan a participar en la victoria de la Resurrección de Jesús, a participar en la vida nueva que nos ofrece el Resucitado. Es una etapa de nuestra conversión.

 

  1.   Tercer domingo (Lc 13,1-9).  Solo el Evangelista Lucas trae esta narración, y hay que relacionarla con la narración que le precede en el Evangelio (12,35-39). El cristiano debe vivir  esperando la segunda venida de Cristo. Para ello, es necesaria la conversión. Jesús comenta aquí las muertes violentas a manos de Pilato y un  accidente que ha ocurrido hace poco (13,1-5), recodando que todos somos pecadores. El juicio de Dios puede ocurrir en cualquier momento, y es urgente la conversión, es decir, aceptar la salvación que nos ofrece Jesús (13,3-5).

     La parábola  de la higuera que no da fruto nos invita también a la conversión (13, 6-7). Pero aquí hay un rasgo nuevo: a pesar de la urgente invitación a la conversión y a dar fruto, vivimos todavía un tiempo de la paciencia de Dios, el tiempo de la ternura y misericordia de Dios (13,7-9; Rom 3,25-26). La invitación a la conversión es evidente, pero también el pecado de no dar fruto y la misericordia de Dios.

 

  1. Cuarto domingo. La parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32).

     Lucas pone una pequeña introducción a las tres parábolas (15,1-2) Es la respuesta que da Jesús a los justos que se escandalizan al ver la misericordia que tiene Dios con los pecadores. Esta conducta de Dios les parece injusta: les parece que lesiona los derechos de los que ponen su cuidado en no faltar nunca a los mandamientos de Dios.

     Es evidente que el mensaje de la parábola está centrada en la misericordia de Dios. Jesús manifiesta en su actuación esta misericordia de Dios. En toda esta parábola Jesús quiere justificar su conducta, la acogida y el perdón que ofrece a los pecadores. No le pueden reprochar a Jesús su conducta, porque, de hecho, no hace más que calcar su conducta en la manera de actuar de Dios. ¿Cómo no voy a acoger a los pecadores, cuando Dios Padre los acoge con tanta ternura y amor ?

     En esta parábola encontramos varios elementos de la conversión: empezamos con la misericordia de Dios manifestada en Cristo. Es una misericordia que afecta a los dos hijos. Ama incondicionalmente a los dos. Tenemos también el pecado del hijo menor que se aleja del padre y vive  perdidamente, pero reconoce su pecado y vuelve al Padre pidiendo perdón. La actitud del hijo mayor es la actitud de los fariseos. Dice que obedece al padre, pero no hace su voluntad. No dice la parábola que el hijo mayor haya entrado a celebrar la fiesta de la misericordia de Dios. Pero es una invitación a que entremos nosotros a celebrar la fiesta y la alegría del Padre, porque acoge a todos. Si entramos nosotros en esta Cuaresma, habrá entrado también el hijo mayor. La ternura de Dios para con los pecadores llega hasta nosotros por medio de Cristo resucitado. De manera especial, en la Eucaristía y en el sacramento de la penitencia.

     Y los discípulos de Jesús tenemos que trabajar para comunicar a los demás la ternura y la misericordia de Dios con los pecadores. Si Dios nos ama así, nosotros también debemos amarnos (1 Jn 4,11). Aquí habría que recodar lo que dice nos  Jesús a sus seguidores: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36). Y en los versículos anteriores concreta Jesús cómo podríamos ejercer esta misericordia en acciones concretas. Esta nuestra misericordia debe alcanzar a todos, incluso a aquellos que aparentemente no la merecen: los enemigos,  los que nos odian,  los que nos golpean,  los que nos roban (Lc 6,27-35). Es todo un campo muy extenso de conversión motivada por la misericordia de Dios. Comunicar la ternura de Dios que hemos recibido.

 

  1. Quinto domingo  (Jn 8,1-11) Este pasaje rompe el desarrollo de los capítulos (7-8) de S. Juan, y no encaja con el mensaje general de su Evangelio. Además falta en la mayor parte de los manuscritos antiguos de  S. Juan. Algunos de ellos lo ponen en el Evangelio de S. Lucas, y  éste parece ser su lugar adecuado. Por eso encaja bien en este domingo de Cuaresma.

     Aparecen dos  actitudes opuestas en este pasaje. Por una parte está la actitud de los fariseos y maestros de la ley, con una postura muy dura con la mujer adúltera, con la excusa de cumplir la ley (Ex 20,14; Lev 20,10) Quieren perder a Jesús.

     Pero la actitud de Jesús es muy distinta: es la manifestación de la misericordia de Dios ( Lc 5,32;7,37-50). Jesús no niega el pecado de esta mujer, pero al mismo tiempo revela el pecado de sus acusadores (Jn 8,7). Es posible que las palabras de Jesús hayan tocado el corazón  de estos acusadores y se conviertan algún día. La mujer queda sola cuando se alejan los acusadores. La misión de Jesús no es condenarla, sino salvarla (Jn 8,11.15; Lc 19,10), y desde esta actitud invita a la mujer a la conversión: “Anda y en adelante no peques más” (Jn 8,11). En adelante debe vivir  en conformidad de la libertad que ha recibido.

 

Conclusión

  1. Hemos leído brevemente los Evangelios de estos domingos de Cuaresma. ¿Cómo podríamos resumir el camino recorrido? Siguiendo el carácter propio del Evangelio de S. Lucas podríamos subrayar en los tres últimos domingos la misericordia, la ternura, de Dios, manifestada en Cristo. Es una misericordia que invita a la conversión y a aceptar el perdón. Es un camino que invita  a buscar el rostro de Dios, que perdona y tiene paciencia. La conversión está motivada no por el miedo o la amenaza sino por la misericordia de Dios.  Y pienso que es necesario tomar en cuenta el rostro misericordioso de Dios antes de  considerar la condición del pecador. Invitados a una vida nueva, no debemos olvidar que somos creyentes. La conversión y la fe van juntos.
  2. Los dos primeros domingos nos invitan a considerar los rasgos de Cristo Salvador: su triunfo contra el diablo, que culmina en la cruz, y la gloria de su Resurrección. El misterio pascual de Jesús nos invita a la conversión, nos invita a participar en su triunfo contra el mal, y a participar en su Resurrección gloriosa. Así la conversión no es algo que nosotros podemos realizar por  nuestras fuerzas, sino que es participación en el misterio pascual de Jesús. Así la conversión resulta, ante todo, una aceptación de la salvación de Cristo resucitado, pasar a la vida nueva de Cristo resucitado.
  3. Si miramos la predicación de los Apóstoles en el libro de los Hechos, veremos que cuando predicaban la Resurrección de Jesús, inmediatamente a continuación invitaban a la conversión. La acción resucitadora de Dios Padre, realizada en Jesús, es motivo suficiente  para la conversión. Es posible encontrar a Dios porque Él mismo sale a nuestro encuentro en la Resurrección de Jesús (Hch 2,22-41; 3,26).

 

Agustín Apaolaza O.S.B.

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